Acompañar la frustración: aprender no es siempre divertido

De unos años para aquí se ha instalado con fuerza la tendencia a pensar que todo debe pasar a través del juego y que además jugar debe ser divertido. Creo que en estas afirmaciones que atraviesan nuestro día a día en el trabajo cotidiano con la infancia, reside toda una serie de tópicos que nos llevan a abordar tanto el juego como el acompañamiento emocional de forma superficial. Me tiro a la piscina. 

Enfrentarse a las posibilidades del mundo físico, las posibilidades propias y aprender a relacionarse con los Otros no siempre es divertido. Creo que confundimos que el infante se encuentre bien consigo mismo y pueda hacer un desarrollo saludable con esperar que se encuentre en un perpetuo estado de felicidad o diversión, un tipo de exigencia muy contemporánea y occidental (maldita autoayuda liberal) que no puede traer nada bueno. 

Los bebé y niños/as pequeños, en este querer conocer el mundo, explorarlo y descubrirlo, pasan por muchos momentos de frustración, es algo que no puede ni debe evitarse.

Aprender, explorar, descubrir (y más tarde estudiar) son actividades que transitan entre el placer y los momentos de frustración, disgusto y hasta ansiedad o desbordamiento emocional (rabietas).

¿Por qué pensamos que aprender siempre tiene que ser divertido?

Cualquiera que haya estudiado por propia voluntad o se pare un rato a pensarlo podrá darse cuenta que esta afirmación no es cierta y que nos lleva en muchas ocasiones a evitar en los infantes todas aquellas situaciones que pueden ser frustrantes. 

Por supuesto, no podemos plantear retos mayores de los que pueden asumir y entiendo que durante la primera infancia el interés y la voluntad deben surgir de forma autoinducida y deben poder marcar sus propios objetivos. 

¿Y si en lugar de juego hablásemos de actividad autónoma? ¿Y si en lugar de juguetes hablásemos de objetos y materiales? ¿Podríamos así sacar al niño de esta expectativa sobre la diversión y la frustración?


Ni siquiera los bebés viven en estados de perpetua felicidad y cuando decimos que el bebé/niño debe poder aprender con alegría no queremos decir que tenga que estar siempre divertido (maldita gamificación) nos referimos al principio de placer que guía sus acciones vitales y lo empuja a crecer, desarrollarse, descubrir el mundo y comunicarse.

Aprender requiere voluntad y esfuerzo, no es fácil, implica concentración, repetición, memorización, frustración, disgusto y hasta momentos de desbordamiento emocional. Son todos ellos estados naturales en el ser humano que explora, descubre y aprende con interés y atención.

La idea, por tanto, no sería evitar el sufrimiento que el aprendizaje comporta naturalmente, la idea sería poder apoyar al infante, sustentarlo, darle las herramientas y el acompañamiento necesario para que aprenda a gestionar los estados de dolor y frustración de forma que estos no minen sus ganas de seguir aprendiendo en el futuro.

Cada intento fallido y cada iniciativa fracasada forman parte del aprendizaje igual o más que los proyectos de acción exitosos. Como decía, es importante preparar el ambiente de forma adecuada y ajustada a las posibilidades de cada niño y niña, pero mirar de evitar, distraer o tapar la frustración solventando cada fracaso solo los hace más dependientes del adulto e incapaces de poder gestionar todo aquello que la vida nos depara a cada uno de nosotros ¿qué favor les hacemos?

Apoyar, comprender y acoger no tiene porque implicar no dejar que encuentren sus propias soluciones y/o asuman que hay cosas que no pueden hacer, tanto con los objetos, como con su propio cuerpo o en la relación con los Otros. 

¿Por qué el niño de la foto?

Este niño estuvo un rato, como se ve el la 1era foto, haciendo pasar cilindros por el canuto; en la 2a foto probó a hacer lo mismo con los aros y el aro no pasó por el agujero.

¿Qué pasó luego? ¿lo consiguió? No, no lo consiguió y cambió de actividad. Pudo gestionar el fracaso por sí solo y lo pudo hacer porque no es su primer fracaso, porque no se le ha exigido más de que puede hacer y porque tiene la posibilidad de marcar sus propios objetivos, por lo tanto no le debe nada a nadie y esto le permite cambiar de actividad con total tranquilidad.

En otras ocasiones algo no sale y pueden poner cara muy seria, quejarse, llorar, enfadarse con intensidad  y/o buscar apoyo en al adulto de referencia porque no están pudiendo gestionarlo. 

Este niño, el de la foto, aunque tenga la cara pixelada, está serio y concentrado, como puedo estar yo misma en estos momentos mientras escribo este artículo.

¿Qué hacemos entonces?

Lo primero es confiar y darles tiempo para que lo resuelvan por sí mismos, si no lo saben/pueden gestionar podemos acompañarlos con palabras (no siempre hace falta) y decirles, por ejemplo: «veo que quieres hacer pasar X por Y y no te sale» o «veo que estás disgustado porque quieres hacer X y no puedes o no llegas.» 

Se trata de acompañarlos desde la descripción de lo que es visible, «veo que te pasa», «veo que estás disgustado». Es la forma de hacerles saber que estamos con ellos, que nos damos cuenta de lo que ocurre y que le damos valor y reconocimiento. 

Si es por un objeto que se ha ido y no tiene nada al alcance se lo podemos acercar o no se lo podemos acercar (depende), si es que se ha encallado a nivel motor y no puede salir de ese mueble o posición (típico boca abajo cuando no saben volver boca arriba) les podemos recordar cómo llegaron allí, que hay apoyos o los podemos rescatar en último término devolviendolos a un posición o situación que dominen, pero en ningún caso le enseñaremos a realizar el movimiento. La verdad es que hay tantos ejemplos y tan cotidianos que merece un post especial o un curso 😉

Si llegan a saturar los podemos coger en brazos y contenerlos a nivel físico.

No es nada sencillo acompañar el dolor y la frustración del Otro, nos hace vivenciar las propias frustraciones y da rienda suelta a nuestros miedos más profundos ¡Qué fácil sería dar la solución ya hecha y que poco favor les haríamos!

Qué difícil sostener al Otro en lo que no pude o no le sale, qué difícil darle valor, acogerlo, no dejar que nos arrastre. Pero es la única forma, sin negarlo ni taparlo, de que puedan aprender a gestionarlo, que esta frustración sea una oportunidad de madurez y crecimiento. 

Aprender, descubrir, explorar y en definitiva vivir no siempre es divertido, no es siempre placentero y no creo que deba ser un objetivo del tipo «aprender jugando» como forma superficial y simplificada de las verdaderas implicaciones profundas de la actividad autónoma y el aprendizaje humano.


Justo estoy preparando un curso sobre el JUEGO LIBRE y mira, me da por desarrollar estos temas 😉


Romina Perez Toldi / Pedagoga especializada en acompañamiento en la primera infancia.



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