La manera infantil de caminar

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Durante algunos años uno de “mis” temas ha sido la manera infantil de caminar. También fue mi trabajo final del Máster de Educación para la Ciudadanía y en Valores de la UB. Es un tema que me parece de una gran potencia y quiero darle un espacio en este blog. Ésta vez quiero abordar el movimiento del niño hacía otra dimensión. Sobre todo porque ésta forma de comprender la manera infantil de caminar se baraja en la ocupación del espacio público desde el movimiento y desde el caminar como acto revolucionario.

La manera infantil de caminar (en lo simbólico y en lo real) está también íntimamente relacionada con el Movimiento Libre y la Emancipación Intelectual. En este punto reside, creo, la gran potencia de todo este asunto. Porque el movimiento es acción y la acción humana no se puede desvincular de la acción política y del pensamiento. Movimiento y Emancipación.

¿Y qué quiere decir caminar? Para muchos, caminar quiere decir estar fuera de posición, quiere decir exponerse, quiere decir salir a la calle y encontrarnos con lo otro y con el otro, con los otros, quiere decir ocupar el espacio que es público y compartido.

Y en la manera infantil de caminar se hace posible la potencia que reside en una forma de relación con el mundo donde nada ya es ni ya se sabe, ni el mundo ni la infancia. Ricardo Forster sobre el modo infantil de caminar, escribe:

Para el niño, las cosas no son parte de una cadena de montaje, no ocupan un lugar en los recursos funcionales de un sistema, sino que cada cosa adquiere vida, lenguaje propio, significación, son portadoras de una magia, de una luz, incluso de un aura. […] la niñez debe ser comprendida desde la perspectiva que nos ofrece el modo infantil de caminar. […] los niños caminan desacompasadamente, sin rumbo fijo, se desvían, se distraen, se tropiezan, ven cada cosa como si fuera única. Realizan cada movimiento como si fuera el que les abre la puerta de un nuevo mundo.”

Los niños, constantemente, ponen en juego los objetos y los símbolos de nuestro mundo. Como dice Agamben la infancia profana lo sagrado para devolverlo al uso común de los hombres. Eso es también abrir la puerta a un nuevo mundo. Todo lo que es tocado por un niño corre el riesgo de dejar de ser lo que es, ya sean los trastos de un armario, todo lo que hay en nuestro bolso o nuestra idea sobre algo, a nada tienen porqué darle el uso ni el significado que supuestamente le corresponde.

Lo mismo ocurre con el espacio público y compartido, en su forma de caminar y ocupar el espacio la infancia es capaz de transformar la ciudad y/o darle otra significación, otro uso. Todo está por profanar, por hacer.

Solo hace falta dejarse llevar por un niño cuando vamos por la calle para darse cuenta. El tiempo y el espacio se transforman. Los recorridos pierden (nuestro) sentido y el mobiliario urbano está ahí para otra cosa.

Aquí cobra todo el sentido aquello de la radical novedad que se da en cada nuevo nacimiento que diría Hannah Arendt o como cuando Jorge Larrosa, en El enigma de la infancia, escribe

“La educación es el modo en que las personas, las instituciones y la sociedades responden a la llegada de los que nacen. La educación es la forma en la que el mundo responde a los que nacen. Responder es abrirse a la interpelación de una llamada y aceptar su responsabilidad. Recibir es hacer sitio: abrir un espacio en el que lo que viene pueda habitar, ponerse a disposición de lo que viene sin reducirlo a la lógica de nuestra casa.

Se trata, entonces, de abrir un espacio dónde la infancia pueda habitar, dar tiempo y espacio, estar disponibles y hacer de éste mundo un mundo acogedor dónde puedan aprender de lo que ya sabemos y profanar lo que ya sabemos. Nuestra tarea es hacerles sitio y su tarea es profanar el mundo, ocuparlo.

Es su infancia y es la infancia del mundo.

Parece que no hemos cambiado tanto desde la Revolución Francesa, seguimos reclamando un modelo de Democracia para la Igualdad, la Libertad y la Fraternidad, estos valores siguen suponiendo una revolución y se asocian a un modelo de ciudadano/a esencialmente Emancipado. También decimos que queremos que los que no tienen voz la tengan (principio de igualdad), pero esa voz es algo que como la libertad, no se da, se toma. Y eso hacen los niños al caminar, ocupar el espacio que recorren y el espacio en el que están. Toman el espacio, lo ocupan. Así, en esta forma de caminar también se inaugura el hombre emancipado.

Tomar el espacio es también ser tomado por él (se forman y transforman espacio y caminante) y, cuando del espacio publico se trata, la manera infantil de caminar implica también la posibilidad de abrir la puerta a un nuevo mundo para otra forma de “hacer” mundo. Profanar lo sagrado para restituirlo al uso común del común de los mortales.

¿Qué nos exige entonces ésta manera infantil de caminar?

Por el momento, os invito a salir a la calle a caminar con vuestros hijos. Prestad atención y dejaros llevar, quizá se abra la puerta a un nuevo mundo 🙂

Otro día seguimos con esto de la manera infantil de caminar.

Bibliografía

Agamben, G. (2005) Profanaciones. Sant Llorenç d’Hortons, Editorial Anagrama 2005.

Arendt, H. (1954) Entre pasado y futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política.
Ripollet, Ediciones Península, 1996.

Forster, R. (2006). Banjamin y los tejidos de la experiencia. Clase virtual del posgrado
“Experiencia y alteridad en educación”. Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales,
Buenos Aires.

Larrosa, J. (2000) Pedagogía profana. Estudios sobre lenguaje, subjetividad,
formación. Buenos Aires, Ediciones Novedades Educativas.

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