No son tontos, confía.

¿Hay que enseñar las partes del cuerpo, hacer actividades especiales, que repintan y memoricen?

No, cuando les hablamos en en lenguaje normalizado, nos comunicamos de forma fluida y aprovechamos los momentos de cuidados corporales para describir, contextualizar y pedir la colaboración, no hace ninguna falta, se hace innecesario y artificial.

¿Hay que enseñar los colores, hacer actividades especiales, que repintan y memoricen?

No, cuando nos comunicamos normalmente y les hablamos del mundo tal cual es se hace innecesario y artificioso estar enseñando los colores. Estos simplemente se aprenden, porque están ahí y forman parte de nuestra vida cotidiana.

¿Hay que enseñar los nombres de familiares y amigos?

No, lo mismo, los nombres se usan y en el uso se aprenden.

¿Hay que enseñarles a distinguir a los niños de las niñas por su sexo?

No, se darán cuenta de forma completamente natural, hay dimorfismo sexual en el ser humano, se darán cuenta por sí solos. Además, en un momento en el que los géneros están abiertos y cada cuál tiene la oportunidad de buscar una definición propia sobre su identidad y expresarla como prefiera ¿para qué tanta insistencia?

¿Hay que enseñarles los nombres de los objetos en general?

No, los objetos se usan y en su uso se aprende su nombre y sus posibilidades, sin más.

Y podría seguir poniendo ejemplos de estos cotidianos en los que nos empeñamos en enseñarles cosas que podría aprender por sí mismos, en su momento y sin exigencias.

La gran pregunta es ¿son tontos los niños y las niñas?

No, evidentemente no, tienen mucho por aprender sobre el mundo que les rodea, pero no son tontos.

Los infantes son seres abiertos al mundo, comunicativos, con ganas de aprender y dar significado al mundo que les rodea, no necesitan que les hagamos memorizar y repetir y practicar de forma artificial en base a actividades fuera de sus intereses y necesidades espontáneas.

Los bebés y los niños y niñas necesitan adultos que les den seguridad y los acompañen, que estén disponibles y les den tiempo y un espacio pertinente para jugar, moverse, explorar y expresarse.

Necesitan adultos comprensivos que los escuchen y les hablen, que los traten como a personas inteligentes y competentes, personas a las que les queda mucho que aprender, que necesitan de nosotros pero que no son idiotas.

No hay que hacer repetir, no hay que hacer memorizar, los niños y las niñas no son vasijas vacías a las que llenar de contenidos e información.

Son seres llenos de iniciativa y actividad que durante los primeros años aprenderán todas esas cosas por sí solos, a a su ritmo y en base a sus intereses. Y sucede porque quieren aprender, porque tienen interés y tienen capacidad.

El adulto debe poner límites (los que responden a los valores, socialización y seguridad), el adulto crea el marco protector y ofrece espacios ricos y tiempo suficiente, el adulto cuida y ofrece seguridad (física y afectiva). A partir de ahí el niño vive y aprende, de forma natural, sin artificios innecesarios, por voluntad y con alegría.

A medida que los aprendizajes se vuelven más complejos, el adulto deberá tener un papel más relevante en la transmisión del conocimiento, pero estos primeros años es completamente innecesario y supone más una interferencia que una facilidad real. El niño corre el riesgo de sentirse incapaz, de pasar horas en aprendizajes sin contexto y sin significación, que aportan muy poco o nada, que le enseñan más de sus incapacidades que de sus potencias.

Observa más, acompaña, conversa, comparte y míralo como lo que es, un ser capaz rebosante de potencias y voluntad.

Y sobre todo, cuando mires a un bebé o a un niño/a pequeño, piensa que tienes delante a un ser rebosante de capacidades que necesita de tu CONFIANZA.


Para ampliar información os podéis pasar por el post No le enseñes nada antes de los 3 años


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