Acompañar las rabietas (el desboradamiento emocional)

Los comúnmente conocido como rabietas no son más que desboradamientos emocionales, se supone que la edad típica son los 2 años, pero las podemos encontrar antes y mucho después, no sufráis, no les ha dado un ataque de psicosis ni están poseídos, igual que viene se va y forma parte del aprender a gestionar la frustración y otros dolores humanos.

Eso sí, creo que LA CLAVE a tener en cuenta en el acompañamiento a las rabietas, es que nuestro objetivo no debería ser que la rabieta se pase (la rabieta va a pasar) no se trata de evitarla ni hacer que pase rápido (eso es negar las emociones y sentimientos del Otro) se trata de ver cómo acompañamos las rabietas, cómo vamos a validar esas emociones a la vez que los ayudamos a gestionar la situación.

El aprendizaje positivo está ahí, en el acompañamiento y la gestión, no en la negación y la represión.

Sé que es difícil, que lo queremos es que no sufran y que si nos pilla en la calle o en un lugar público seguramente sentiremos vergüenza y una impotencia infinita, nos parece que a ojos de todo el mundo estamos siendo unos padres ineptos que no saben poner límites a sus hijos que se comportan como animalicos.

Esto no es así, precisamente, en muchas ocasiones este desboradamiento emocional aparece justo después de poner un límite, justo después de decir que no a alguna petición. Otras veces aparecen porque algo no sale como esperaban o como desean, y siendo cierto que pueden llegar a utilizar estas situaciones para conseguir lo que quieren, eso solo va a suceder si hemos establecido una dinámica de relación poco honesta y basad en el chantaje.

Si tenemos una relación honesta, de confianza, donde nos mostramos con naturalidad, donde no hay chantaje, ni castigo ni humillación ni ninguna otra forma de violencia sutil o falta de respeto (bidireccional) en la relación, las rabietas van a formar parte de la sana expresión de la frustración (y otros dolores) en edades en las que aún cuesta gestionar emociones que avaban desbordadas.

¿Os acordáis de la canción de Lola Flores «Pena, penita, pena», cuando dice eso de «un caballo desbocado que no sabe dónde va»? Pues eso. Y si estáis esperando que os hable del cerebro y de neurociencia lo llevais claro, las rabietas existen desde los anales de la humanidad y solo hace falta ser un buen observador para darse cuenta de lo que estoy diciendo. Observar, mirar con buenos ojos y un poco de comprensión. ¡Lo está pasando mal!

¿Y qué hacemos cuando alguien lo pasa mal? ¿Le echamos la bronca, le recriminamos, le decimos que se calle? (si haces eso piénsalo un momento, por favor).

Cuando alguien lo pasa mal hay que hacerle saber que estamos disponibles para lo que necesite y que comprendemos su sufrimiento.

Debemos ser ese puerto seguro en el que poder atracar cuando hay temporal.

Eso no quiere decir que tengamos que hacer lo que nos pide o podamos dar solución a aquello que le pasa o le ha pasado (a veces sí y podemos ser flexibles y revisar si nuestra respuesta puede o no puede ser distinta), pero pongamos que no, que quiere comer chicles y no le vamos a dar chicles, pero se los ha visto a un amigo y él o ella también quiere, le decimos que no, que no comemos chicle o no le vamos a comprar chicles, así que empieza a llorar de forma desconsolada implorando con palabras o con una cara que rompe cualquier corazón, intentamos hacerle entender nuestros motivos, pero él solo quiere chicles y se tira al suelo gritando y pataleando, ni nos escucha ni nos deja que nos acerquemos. ¿Qué hacemos?

Podemos quedarnos cerca, decirle que estamos allí con él para lo que necesite (por si nos oye o para quedarnos más tranquilos nosotros, también vale), vigilar que no haya nada en el entorno con lo que se pueda hacer daño y esperar, esperar a que baje el subidón, de forma tranquila, atenta y compresiva.

Una vez pasa podremos acercarnos, podremos decirle que comprendemos su frustración o su dolor (o nada, a veces mejor no decir nada) quizá necesite entonces un abrazo o teta (si toma teta) y/o pueda llorar con nosotros o quedarse un rato en silencio o contarnos cómo se siente (eso si damos el espacio normalmente).

Aquí hay que evitar cualquier moralización y cualquier recriminación, según la edad quizá lo podamos hablar o quizá no, no hay que hablarlo todo cuando la gestualidad y los cuerpos ya hablan, ¡es tan intenso!

Puede que esté agotado y necesite mimos y/o reposo o quizá no y salga corriendo a seguir jugando como si no hubiese pasado nada.

Está bien, lo importante es preservar la relación y la confianza, que sepa que somos un lugar seguro donde poder expresarse, que estamos ahí y los valoramos y los comprendemos ante todo.

Las rabietas pasan, la relación con nuestros hijos es para toda la vida

Y lo mismo le digo a maestros y maestras, ¿queréis promover un espacio seguro y de confianza en el aula o una relación de desconfianza donde se repriman sentimientos y emociones como si fuesen reprobables?

Hay actitudes que no podemos validar (como pegar o morder) pero las emociones y sentimientos son todos válidos, nos gusten más o menos no somos quién para juzgar cómo se siente el Otro.

La cosa es que las rabietas no tiene nada de malo, forman parte del aprendizaje del mundo, de las relaciones y de uno mismo, forman parte de aprender a gestionar la frustración y el dolor. Reprimirlo solo hará que más emociones negativas se acumulen, no es la salida, es un mal parche.

Acompañar las rabietas pasa por sostener, acoger, comprender y escuchar. 

Son la oportunidad perfecta para mostrarles que nuestra comprensión, no tiene condiciones y que el mundo es un lugar amable y acogedor. 

¿Tú qué quieres, reprimir o acompañar?


Romina Perez Toldi / Pedagoga especializada en cuidados, juego y desarrollo motor en la primera infancia.


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