A mi hija le gustan los vestidos largos

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Hace unas semanas asistimos a una actividad de cuenta cuentos. Pensé que iba a ser algo más inocente. La historia era el relato «actualizado» de la princesa del garbanzo. Aquella princesa que sobre una montaña inmensa de colchones se siente incómoda por un garbanzo puesto en la parte de abajo de la pila.

En la «actualización» del cuento había un montón de chicas con el pelo largo, vestidos largos, cursis, superficiales y tontas. Ninguna era capaz de notar el garbanzo así que no podían casarse con el príncipe. Solo le faltaba por probar a una chica con el pelo corto, gafas, pantalones y muy inteligente. Ella sí notaba el garbanzo y la madre del príncipe le ofrecía matrimonio, pero ella no quería casarse y prefería montar un negocio de colchones y conocer mundo. Era una mujer independiente, fuerte, emprendedora e inteligente. El príncipe hace lo mismo y se va de viaje. ¿En serio?

Estuve por levantar la mano y preguntar si el decidir dejar el trabajo para estar con mi hija me hacía pasar al grupo de las tontas (y eso que llevo gafas y pantalones). Mucha opción no había. Pelo largo, vestido largo, cursi, tonta y dependiente o pelo corto, gafas, pantalones, independiente y lista. Genial, rompiendo tópicos con más tópicos. O estás en un lado o estás en el otro. ¿No hay más opción? ¿Puedo llevar vestido largo, pelo largo, tacones y ser inteligente? ¿Puedo querer casarme, enamorarme de la maternidad y no ser cursi?

¿Qué opciones nos da una historia cómo esta? ¿Qué favor nos hace a las mujeres una visión tan dicotómica de nuestra capacidad de ser? ¿Estoy condenada a una cosa o a la otra sin más poder de decisión? ¿Y se supone que tengo que comprar ese libro tan «moderno» para leérselo a mi hija? ¿Y qué le digo, que su madre es tonta y ella también porqué es rubia, le gusta llevar el pelo largo, vestidos largos y coronas? ¿De verdad las mujeres solo somos lo uno o lo otro? ¿No tenemos más capacidad de ser algo que no sea un topicazo sin matices?

Parece que siempre haya algo a lo que tengamos que renunciar. Se nos reduce a la simplicidad más idiota y aún debería gastarme el dinero en un libro que me mira mal y decirle a mi hija que si le gustan los vestidos largos corre el riesgo de crecer superficial y tonta (aunque si hereda mi miopía quizá se salve de la quema).

Estoy harta de este tipo de discursos que encima pretenden hacerme un favor. Gran lección la de esa tarde. Moraleja del cuento: no olvidar que incansablemente hay alguien dispuesto a liberarnos de nuestras ataduras, y de mi misma si es necesario.

No os necesito, gracias.

Romina Perez Toldi
Pedagoga especializada en primera infancia 0–3. Profesora asociada en la UB y doctoranda. Trabajo con escuelas, profesionales y familias, y observo, reflexiono e investigo sobre infancia y mediación adulta.

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