Recoger suele ser uno de esos pequeños temas cotidianos que acaban generando grandes conflictos. ¿Cuándo debería empezar a recoger un niño o una niña? ¿Tenemos que insistir? ¿Ayudar? ¿Recoger con ellos? ¿Qué pasa si somos siempre los adultos quienes recogemos? ¿Y si no quieren hacerlo?
Aprender a recoger, ordenar y cuidar los materiales y los espacios es un proceso largo que empieza mucho antes de que un infante pueda responsabilizarse de hacerlo por sí mismo y que continuará mucho más allá de los primeros años.
Desde el nacimiento, bebés, niños y niñas participan de espacios que otras personas preparan, ordenan y cuidan. Observan qué hacemos con los objetos, cómo los tratamos, dónde vuelven después de utilizarlos y cómo dejamos un espacio disponible para volver a habitarlo. Poco a poco podrán participar en ese cuidado, colaborar, asumir pequeñas tareas y avanzar hacia una responsabilidad cada vez mayor.
En esta sesión nos centraremos especialmente en los primeros seis años de vida, para pensar qué podemos esperar en cada momento y cómo acompañar este aprendizaje sin convertir el recoger en una cuestión de obediencia ni pedir una autonomía que todavía se está construyendo.
Pero también nos detendremos en una cuestión de la que hablamos mucho menos: por qué recogemos las personas adultas y qué nos permite hacer ese recoger.
Durante el juego, recoger no significa necesariamente darlo por terminado. Recolocar materiales, volver a hacerlos visibles y disponibles, retirar aquello que ya no está siendo utilizado o despejar una zona puede sostener la actividad, favorecer nuevos encuentros con los objetos y permitir que un ambiente rico siga siendo habitable a medida que el juego lo transforma.
También durante los cuidados y la vida cotidiana recogemos, limpiamos, preparamos y volvemos a colocar. Son pequeñas acciones que forman parte del cuidado del ambiente, de los objetos y de las personas que lo habitan.
Porque recoger no es únicamente poner cada cosa en su sitio. Recoger también es cuidar.