Empezar la escuela es un momento especialmente sensible, tanto para los bebés, niños y niñas como para las familias.
La escuela abre un sinfín de posibilidades de aprendizaje y encuentro, pero también es normal que nos preocupe: ¿estará bien? ¿se quedará a gusto? ¿podrá confiar en las personas educadoras? ¿me echará mucho de menos? ¿lo tratarán con respeto?
Somos sus madres y sus padres, lo raro sería que no nos preocupase.
Hay algunas cosas que podemos hacer desde la familia para acompañar este proceso.
Podemos anticipar qué sucederá. No hace falta hacerlo semanas antes, pero sí explicar unos días antes, de manera sencilla, qué encontrarán en la escuela, quién estará allí, dónde estaremos nosotros mientras tanto o cuándo volveremos. Sin abrumar, pero sin mentir.
También despedirnos cuando nos vamos y saludar cuando volvemos. Irnos sin avisar no hace que la separación sea más fácil y puede generar inseguridad.
Siempre que sea posible, podemos hacer un proceso gradual. Empezar con tiempos más cortos e ir aumentándolos poco a poco, teniendo en cuenta a cada infante, a cada familia y también las posibilidades de la escuela. Más rápido no es mejor.
Para comer y dormir hace falta confianza con los adultos y con el espacio. Si al principio no comen o no duermen como lo hacen en casa, no significa necesariamente que algo vaya mal. Son procesos que es importante no forzar.
También podemos intentar no acumular cambios justo cuando empiezan la escuela. No parece el mejor momento para retirar el chupete, cambiar de cama o iniciar otros procesos importantes. Y un objeto conocido, un peluche, un pañuelo, un pequeño cojín, puede ayudar a mantener ese vínculo con casa mientras están allí.
Si podemos estar durante un tiempo en la escuela, estaremos presentes y disponibles, pero procurando poco a poco ponernos en segundo plano. No necesitamos jugar con ellos ni resolver lo que sucede. Podemos dejar espacio para que exploren, se relacionen y para que las personas educadoras puedan hacer también su trabajo.
Y entender que esto no son “un par de semanas”.
Puede haber días muy buenos y otros más difíciles. Pueden entrar contentos y salir llorando, estar más demandantes en casa o volver después de unos días sin querer ir. Empezar la escuela implica muchos cambios y cada infante hace su propio proceso.
Poco a poco podremos observar que se despiden con más facilidad, que juegan cada vez más, que se interesan por los materiales, aceptan la presencia de los otros niños y niñas y van aceptando también los cuidados y el consuelo de las personas educadoras.
Son algunos indicadores, pero hay que ponerlos en contexto. Nadie mejor que nosotros conoce a nuestros hijos e hijas. Estemos atentos y seamos flexibles.
En el artículo completo desarrollo estas y otras ideas para acompañar el inicio de la escuela desde la familia, también cuando nuestra disponibilidad no nos permite hacerlo como nos gustaría.