
Llega un momento en el que la imagen de un abuelo enseñando a caminar a su nieto deja de parecer necesaria, la dejas de ver hermosa. Puedes ver el amor, el cariño, la disposición y el vínculo, pero también ves como se instala la incapacidad, como se ha sacado al niño del lugar de exploración donde podía desplegar sus potencias y capacidades. Donde sentirse competente, capaz y tranquilo.
Caminar es algo que un bebé puede llegar a hacer por sí mismo sin más ayuda que disponer del tiempo necesario y del espacio adecuado.Tiempo y espacio, eso es lo que requiere de nosotros, nada más y nada menos.
Darle la mano a un niño para caminar es estar llevándolo a un lugar que no le corresponde, sacarlo de aquello de aquello en lo que está para llevarlo siempre un paso más allá. ¿Pero dónde lleva ese paso más allá? ¿Dónde lo lleva nuestra mano? ¿Qué necesidad hay? ¿Es la necesidad del niño de aprender o la del adulto de enseñar?
Dar tiempo y espacio para que el bebé recorra este proceso por sí mismo no es tarea fácil, hay que despojarse de prejuicios y mitos, requiere un cambio radical en la forma en la que miramos a la infancia y las capacidades que le otorgamos. Requiere de nosotros un gran esfuerzo y una pregunta constante ¿qué esperamos de nuestros hijos? ¿dónde colocamos nuestra confianza? ¿cuál es mi tarea?
No entraré aquí en lo fisiológico, ni en nada que esté siempre más allá ni en un objetivo futuro. Se trata de mirar a nuestros hijos y preguntarse ¿qué veo? ¿qué imagen de sí mismo le devuelve mi mirada?
¿Puedo confiar en su autonomía? ¿Puedo confiar en su capacidad para saber cuándo está preparado y en qué forma? ¿Puedo confiar en que sabrá el momento exacto para cada nuevo paso? ¿Puedo dejar de ver solo lo que espero ver?
Mirar para conocer. Mirar para escuchar. Mirar como potencia: te veo, te reconozco, te apoyo. Estoy aquí, estás aquí. Completo.
Caminar no es cualquier cosa. Dale apoyo, no la mano.