Una casa habitable: juego, infancia y vida cotidiana

Estos días de lluvias torrenciales he recuperado unas fotos antiguas de casa y un artículo que escribí durante el confinamiento. El artículo hablaba de cómo acompañar a bebés, niños y niñas cuando teníamos que pasar muchos días sin salir. La situación, por suerte, no tiene nada que ver, pero al volver a leerlo he pensado que había una pregunta que seguía teniendo sentido: ¿qué posibilidades ofrece nuestra casa a los niños y niñas que viven en ella?

Porque salir es importante. Necesitan estar al aire libre, moverse en espacios más amplios, encontrarse con otras personas y participar de la vida del barrio, del pueblo o de la ciudad. Y además salir nos gusta.

Pero me parece interesante que salir sea también un cambio de escenario y no siempre una necesidad porque en casa ya no sabemos qué hacer.

Y aquí no estoy pensando en tener muchas actividades preparadas. Más bien al contrario. Pienso en una casa en la que puedan pasar cosas.

Una casa en la que poder hacer

Cuando miro estas fotos antiguas me doy cuenta de que muchas de las cosas que sucedían en casa no las habíamos preparado nosotros expresamente. Una caja servía para subir y bajar, una cesta para meter cosas o meterse dentro, las tapas aparecían en lugares insospechados, el sofá se convertía en un lugar para trepar y, unos años después, sillas, mantas y pinzas podían ocupar medio salón para construir una cabaña.

También estaban los materiales de juego, por supuesto. Pero buena parte de la actividad aparecía en la relación entre esos materiales, los objetos de casa, los muebles, el espacio y aquello que en ese momento interesaba hacer.

Por eso, cuando pensamos en adaptar una casa a la infancia, quizá podemos empezar por algo bastante sencillo: mirar qué pueden hacer en ella, y esto no tiene que ver con los metros cuadrados, tiene que ver con aprovechar las posibilidades y lo que sí podemos hacer.

¿Pueden moverse? ¿Tienen cosas a su alcance que puedan utilizar sin pedirnos ayuda continuamente? ¿Pueden encontrar sus materiales y elegir entre ellos? ¿Hay algún lugar donde estar tranquilos? ¿Pueden participar en algunas de las cosas que hacemos nosotros?

No hace falta que toda la casa esté a su disposición ni convertirla en una sala de psicomotricidad. La casa es un espacio compartido, también con las personas adultas y, quizá, con hermanos y hermanas. Pero precisamente por eso, porque es la casa de todos, tiene sentido que las necesidades de nuestros hijos e hijas tengan también un lugar. Nos hará la vida más fácil y agradable, no sabes cuánto.

Espacio para moverse

A veces pensamos la adaptación de la casa principalmente desde la seguridad: qué hay que tapar, retirar, cerrar o poner fuera de su alcance. Evidentemente, cuando hay un bebé que empieza a desplazarse necesitamos revisar muchas cosas. Pero podemos hacer una segunda pregunta: una vez hemos retirado aquello que no puede tocar, ¿qué puede hacer?

No necesitamos montar circuitos ni gastar cantidades ingentes en materiales de moda, pero podemos observar qué puede hacer nuestro hijo o hija en este momento, cuáles son sus intereses y tratar de darles respuesta dentro de nuestras posibilidades.

Una alfombra o colchoneta en el suelo, unos cojines, un colchón, un puff, una caja de cartón resistente (la podemos llenar de libros o papeles y quedará súper robusta), el sofá o algunos muebles pueden permitir diferentes experiencias de movimiento dependiendo de la edad.

Y también podemos aceptar que los niños encuentran posibilidades que nosotros no habíamos previsto.

Esto no significa que todo valga. Habrá cosas que no sean seguras o que sencillamente no queramos que hagan. Pero entre evitar cualquier uso de los muebles que no sea aquel para el que fueron diseñados y dejar hacer cualquier cosa hay mucho margen para observar, valorar y decidir.

Materiales para jugar

Tampoco necesitamos una cantidad enorme de juguetes. En estas fotos aparecen cestos, cajas, recipientes, tapas, anillas, muñecos, telas, piezas de construcción y otros objetos que probablemente ni siquiera compramos pensando que servirían para jugar.

Los materiales poco definidos, abiertos, cotidianos, tienen precisamente esa gracia: no anticipan demasiado lo que hay que hacer con ellos. Se pueden juntar, separar, meter, sacar, transportar, esconder, apilar, utilizar para construir o acabar formando parte de un juego que no habíamos imaginado.

Y no necesitamos cambiarlos continuamente.

La repetición forma parte del juego. Volver a una misma acción, hacerla muchas veces, introducir una pequeña variación, abandonar algo y recuperarlo días después permite conocer mejor los objetos y también las propias posibilidades.

Cuando parece que todo está tirado

Hay una foto de casa que me gusta especialmente. El suelo está lleno de tapas, aros, cestas, muñecos y recipientes. Mirada rápidamente podría parecer simplemente una habitación desordenada.

Pero allí había habido actividad.

Esto no significa que cuanto más desorden haya, mejor sea el juego. A veces ocurre justamente lo contrario. Los materiales se van dispersando hasta que dejan de encontrarse, las piezas de una misma cosa quedan repartidas por toda la habitación y aquello que al principio ofrecía muchas posibilidades acaba siendo una especie de ruido en el suelo.

Aquí nuestro papel también es importante.

Podemos volver a juntar algunos objetos, acercar una cesta, recolocar materiales que ya no se ven o recuperar algo que había quedado debajo de un mueble. No necesariamente cuando el juego ha terminado. Podemos hacerlo mientras la actividad continúa.

Y para hacer esto tenemos que observar.

Porque otras veces ese montón de cojines, cajas y mantas que a nosotros nos parece un caos es exactamente lo que necesitan para aquello que están haciendo y ordenarlo sería desmontar su juego.

No se trata de recoger detrás de ellos, sino de cuidar también el espacio en el que su actividad sucede.

Estar disponibles sin dirigirlo todo

Esta es probablemente una de las cuestiones que más he revisado desde que escribí aquel artículo.

Defender el juego libre y autónomo nos ha ayudado a cuestionar una presencia adulta demasiado directiva: adultos que proponen constantemente qué hacer, muestran cómo hacerlo, hacen preguntas retóricas, corrigen o intervienen antes de que el niño o la niña tenga tiempo de probar.

También creo que a veces, intentando no interferir, nos hemos ido demasiado lejos en la dirección contraria. Esperamos que sean ellos quienes se acerquen, quienes pidan ayuda, quienes quieran enseñarnos algo o quienes hagan evidente que nos necesitan.

Y entre dirigir su actividad y desaparecer hay muchas posibilidades.

Podemos estar cerca. Mirar. Responder a una mirada. Acercarnos cuando nos muestran algo. Poner palabras cuando pueden ayudar. Ofrecer una pequeña ayuda cuando aparece una dificultad sin hacer aquello que pueden hacer ellos. Recolocar el espacio. Compartir un momento y después volver a lo nuestro.

Guiar no es sustituir, pero tampoco es dejar solo al infante. La actividad puede ser suya y nuestra presencia seguir teniendo un papel importantísimo. Si pueden concentrarse en su actividad es también desde la seguridad de saber que los cuidamos y estamos disponibles.

En casa no solo se juega

Hay otra cosa que me parece importante cuando pensamos en pasar tiempo en casa: no todo tiene que convertirse en juego ni en una propuesta infantil. En casa hacemos la comida, ponemos la mesa, guardamos la compra, regamos las plantas, ponemos una lavadora, doblamos ropa, limpiamos, ordenamos… Y los niños y niñas también pueden encontrar un lugar en todo esto.

Para un infante pequeño, poner unas servilletas en la mesa, llevar su ropa al cesto, guardar unas cucharas o ayudarnos a regar no es una actividad de vida práctica que hayamos preparado. Es participar de la vida que sucede a su alrededor, también su vida.

Podemos facilitar esa participación, aceptar que las cosas quizá se hagan de otra manera y ajustar nuestra ayuda a aquello que realmente necesitan. También aceptar que a veces empiecen y no terminen.

Participar no significa asumir inmediatamente la responsabilidad de una tarea. La responsabilidad llegará progresivamente. Antes hay muchas oportunidades para hacer cosas juntos y para experimentar que aquello que uno hace tiene un lugar en la vida compartida.

Los cuidados forman parte también de esta vida cotidiana. Vestirse, lavarse, comer, cambiar un pañal o prepararse para dormir no son tiempos muertos entre una actividad y otra. Son momentos de encuentro, conversación, cooperación y participación.

No hace falta llenar el día

Claro que podemos preparar cosas. Podemos pintar, cocinar, hacer plastilina, leer, bailar, hacer una manualidad o sacar un juego de mesa. Porque nos apetece, porque sabemos que algo les interesa o simplemente porque nos hace ilusión compartir un rato haciendo algo juntos. Pero no necesitamos convertirnos en animadores de nuestros hijos/as.

Si para que puedan estar en casa necesitamos ir enlazando una actividad detrás de otra, probablemente vale la pena mirar qué está pasando el resto del tiempo.

También podemos estar haciendo cosas distintas en un mismo espacio. Ellos jugando mientras nosotros leemos, cocinamos, trabajamos o hacemos cualquier otra cosa.

Y pueden aburrirse. Podemos escuchar un «me aburro» sin sentir inmediatamente la necesidad de solucionar ese aburrimiento.

Una casa que cambia

Mirando las fotos se ve también algo bastante evidente: la casa cambia. Lo que necesita un bebé que empieza a desplazarse no es lo mismo que necesita una niña de tres años y tampoco lo que necesitará unos años después.

Desaparecen algunos materiales, aparecen otros. El espacio de movimiento se transforma. Los libros ocupan otro lugar. Aparecen construcciones más complejas, dibujos, disfraces, pequeñas colecciones, lugares para estar sola…

Adaptar la casa a la infancia no consiste en encontrar una organización perfecta. Consiste también en seguir observando y escuchando.

Qué hacen ahora. Qué les interesa. Qué pueden hacer solos y para qué siguen necesitándonos. Qué cosas ya no utilizan. Qué dificultades aparecen. Qué parte del espacio podemos modificar y qué cosas no podemos o no queremos cambiar. Una casa para distintos usos, distintas edades y que nos permita convivir.

Poder estar en casa

Una casa pensada también para la infancia no consigue que los infantes estén siempre entretenidos, ni evita los conflictos, ni hace desaparecer esos días en los que todos necesitamos salir a la calle cuanto antes.

Tampoco creo que ese sea el objetivo. Pero sí podemos intentar que nuestra casa sea un lugar en el que bebés, niños y niñas puedan hacer cosas. Moverse, jugar, investigar, descansar, participar de lo que hacemos, encontrarnos y también separarse un poco de nosotros.

Un lugar que no necesitemos llenar continuamente de propuestas para que resulte habitable.

Y después salir. A pasear, al parque, a la biblioteca, a encontrarnos con otras personas, a correr, a ver qué pasa fuera. Porque nos apetece y porque fuera pasan cosas que no pueden pasar dentro.

Y luego volver a casa, sin sufrir porque volvemos a casa.

Romina Perez Toldi
Pedagoga especializada en primera infancia 0–3. Profesora asociada en la UB y doctoranda. Trabajo con escuelas, profesionales y familias, y observo, reflexiono e investigo sobre infancia y mediación adulta.

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