Carta abierta a esas escuelas que ponen la televisión o a propósito de la dejadez en el aula.

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Ésta es una carta que escribí muy enfadada hace ya meses. En septiembre nuestra hija empezó P3 en la escuela que nos había tocado de oficio y en la que habíamos querido confiar. Mi pareja y yo creemos en la escuela pública y quisimos apostar por el centro que nos adjudicaron. Una de esas escuelas que no llena en primeras opciones. Nos dijeron en varias ocasiones que querían cambiar, hacer las cosas de otra manera, renovarse.

Empezamos un lunes y llegamos hasta el miércoles. Entre otras muchas cosas (da para varias cartas), pusieron contenidos televisivos durante todo el rato que permanecieron en el aula. De fondo, en la pizarra digital, desde vídeos cutres de cancioncillas a Peppa Pig por medio de YouTube y con publicidad incluida, no me cansaré de decirlo. Hablé en varias ocasiones con la profesora y eso no hizo más que aumentar mi preocupación, tienen tan normalizadas éstas prácticas que no se dan ni cuenta. Tampoco era algo aislado en el grupo de mi hija.

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Lactancia, tetas y pornografía

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Desde que nació mi hija hace poco más de 3 años mi imagen se ha transformado completamente, ahora soy una mujer que da el pecho, muchas veces al día, en público y en privado.

Difícilmente, nadie que me haya conocido estos últimos 3 años no va a tener una imagen de mí con la teta fuera. A las mujeres que damos el pecho a demanda y durante mucho tiempo (no solo a recién nacidos) no pasa esto, que todo el mundo nos ve las tetas.

Desde hace 3 años, como a otras tantas mujeres, me ha tocado hacer caso omiso a todas esas miradas, voces, palabras y gestos que asocian dar el pecho en público como algo pornográfico, obsceno y/o feo (por no decir otras barbaridades). Como si nos sacásemos las tetas por provocar, por llamar la atención y hasta por molestar. Como si en ningún caso hubiese un niño o una niña reclamando esa teta y prendidos de ella. Me tengo que enfrentar a diario con miradas extrañas, sobretodo a medida que mi hija ha ido creciendo (como lo hago por provocar).

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El miedo a la escuela

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Hasta el momento todo lo que he escrito aquí me ha resultado relativamente sencillo, le he echado horas y trabajo pero me comprometía hasta cierto punto. Creo que ha llegado el día de ese post “jodido” que no sabes ni como abordar.

Muchos ya sabréis que hace unos meses hicimos la prescripción para P3 de nuestra hija. Sin más dilación voy ha decir que nos equivocamos. ¡Bien! ¡Lo dije! La cagamos  (me haré unos tachones de esos típicos de los blogs).

Creo que nos dejamos arrastrar por el miedo a la escuela y no por amor a la escuela. Nos movimos por fobias y no por filias, y eso provocó, además, que olvidase un montón de años de formación. Y con formación no me refiero a un título de Pedagoga y un par de másters en Educación, me refiero a todo lo que he leído con pasión, todo lo que he trabajado durante años y todo aquello en lo que creía. El miedo me pudo.

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¿Periodo de adaptación? Ejem.

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Hace unos años escribí una líneas tituladas El niño abandonado. Mucha gente me dijo que quizá era demasiado dura. Pues quizá lo sea o quizá no. Aquellas líneas eran fruto de mi trabajo durante años en Jardines de Infancia. Decían así:

Hay muchas maneras de quedarse abandonado en un colegio, puede ser quieto y callado, puede ser arrancando todo lo que encuentras al paso, ya sean otros niños o juguetes, puede ser en un llanto literalmente desconsolado, de 9 a 17. Y otras veces hay un niño que grita: ¡¿Por qué te vas?! ¡¿Por qué no puedo venir contigo?! Y no hay explicación que quepa o que valga, de nadie. Ante un grito así, cualquier justificación sólo puede ser mentira. El grito, pegado al cristal de la puerta viendo como su madre se aleja, sigue siendo el mismo: ¡¿Por qué te vas?! ¡¿Por qué no puedo venir contigo?! Un grito que pide una respuesta y que reclama no ser abandonado. Y para responder a un grito así haría falta una revolución.

Tan duras como suenan mis palabras han sido las “adaptaciones” de muchísimos niños y niñas. Quise formar parte de esa revolución que pedía el grito del niño abandonado, así que ya antes de ser madre tenía claro que no dejaría a mi hija llorando en la escuela, que haría todo lo posible para que eso no sucediese.

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