¿Ser mujer o ser madre?

Fotografía de Anastasia Chernyavsky

Fotografía de Anastasia Chernyavsky

Hace ya tiempo corrió por las redes y saltó la polémica con un artículo de la escritora Brigitte Vasallo titulado “Desocupar la maternidad” (título que no es poca cosa) en él Vasallo hace énfasis en la desaparición del “ser mujer” en cuanto una “es madre” y aboga por decir “tengo hijos” en lugar de “soy madre”como solución al control social que se ejerce sobre su acción y su representación. Que desocupemos la maternidad, nos dice. Si bien es cierto que el trato que dispensa la sociedad patriarcal a la mujer acostumbra a ser empequeñecedor y/o invisibilizador, no creo que la solución pase por decir “tengo hijos” en lugar de “soy madre”.

Ser madre no me hace ni menos mujer ni menos hija ni menos esposa. O quizá sí. Quizá ahora mismo soy más madre que ninguna otra cosa. Lo que tengo claro es que el ser madre no me hace un ser menor ni es algo de lo que deba huir o avergonzarme. Tampoco ser madre me hace más presa del patriarcado que el ser mujer. No necesito “desmaternalizarme” como propone Vasallo. Ser madre es algo que me está pasando y es muy potente. No comparto ese feminismo para el que ser madre es menos que ser mujer.

Lo que decimos y como lo decimos nos forma y nos da forma, pasa a ser nosotros y en lo que a mi concierne, soy en relación con mi hija y aunque no solo soy en relación con ella, sí que nuestra relación es una parte muy importante de lo que vengo siendo desde que nació. Un cambio de etiqueta no va a emanciparme, pero quizá si una revisión de lo que significa para mi ese “ser madre”.

“Ser madre” es algo que me está pasando y “tengo hijos” es algo que poseo, pero que no tiene porqué estar pasándome, no tiene porqué estar conformándome.

Mi caso no es el de “tengo hijos”. No solo tengo una hija. No soy una mujer con o sin hijos porqué no soy la misma mujer con o sin hijos. Desde que tengo una hija soy madre. Y ser madre no me acompleja como mujer. Entiendo el “ser madre” como una expresión del “ser mujer” muy potente.

Cada cuál puede sentirse como quiera o pueda, no voy a meterme en las cosas de la identidad de los demás. En lo que a mi me toca soy madre y eso me hace sentir una mujer poderosa. Mi maternidad también es una cuestión política. Escoger entre decir “tengo hijos” o “soy madre” también es una cuestión política. No necesito “desmaternalizarme”, más bien deseo empoderar la maternidad, tanto como concepto abstracto, tanto como cuerpo que se puede tocar.

Esa “maternidad extrema” a la que se alude en el artículo, es extrema en cuanto a la dificultad de llevarla a cabo. La decisión de “ser madre” es una cuestión compleja en nuestros días y suele ir acompañada de toda una acción política e intima que debe ejercerse con fuerza en una sociedad, capitalista y neoliberal, que constantemente se le opone. Ser madre no me ha despolitizado, simplemente mi acción política está atravesada por mi maternidad y mi sexualidad. El problema no reside en el “ser madre”. Parece que Vasallo le siga el juego al patriarcado disminuyendo la acción del maternaje y es ahí donde creo que reside el problema, en esa disminución por parte de los discursos patriarcales.

Ser madre no me despolitiza si no me dejo despolitizar, y mucho menos me des-sexualiza, la maternidad es algo profundamente sexual. Ser madre no me hace menos mujer ni me deja fuera de la vida social. No pienso desocupar mi maternidad (como no voy a desocupar mi “ser mujer”). Ocupo mi maternidad, por que me pertenece. Pienso en una maternidad ocupada, emancipada y empoderada.

¿Conoceis el concepto de dividualidad? Desde la antropología del parentesco se baraja el concepto de dividualidad como distinto a la individualidad aunque en convivencia. Se podría decir que en cada uno de nosotros/as conviven los dos. La identidad individual y la identidad relacional o dividual.

El individuo, ya se sabe, es cosa de la Modernidad, anteriormente no teníamos esta idea tan acusada del ser uno separado de los otros. Las identidades eran mucho más relacionales. Nos definíamos en relación a los demás y la libertad de uno no acababa donde empezaba la del otro ya que no teníamos un concepto tan individual y separado del ser. La comunidad y las relaciones de parentesco nos definían continuamente.

La Modernidad se inauguró con los grandes avances de la técnica y la supremacía de la razón, el individuo como un ser independiente del resto tomó todo el protagonismo. La independencia y el no necesitar a los demás se han convertido en uno de los grandes valores contemporáneos, aún a costa de que en muchas ocasiones, esta forma de concebirnos, nos aísle del resto. Aislados, solos y ensimismados. La independencia se ha convertido en objetivo de toda educación y toda crianza. Tendemos al ideal de la independencia. Si criamos en brazos es con la idea de que esa seguridad los hará adultos independientes. Si seguimos métodos de desapego temprano es para no crear dependencia y puedan ser adultos independientes. El objetivo es siempre el mismo. Si digo que “tengo hijos” en lugar de “soy madre” es para seguir siendo una mujer independiente.

Pues yo soy de las que heteronomiza la autonomía, de las que cree que la mujer tiene la “capacidad de ser dos”, de las que cree que la ensalzación del individuo es uno de los grandes males de la sociedad. Soy de las que está cansada del concepto de independencia, al menos como se viene barajando últimamente. Además, vivo el “ser madre” como una potencia.

Marta Ausona Bieto, antropóloga, expone en Lactancia materna de larga duración o cómo la tradición innova las conclusiones de un estudio realizado sobre las relaciones de parentesco y formación de la identidad cuando se da la lactancia más allá del año. Ausona llega a la conclusión de que una de las razones por las que la lactancia más allá del año recibe rechazo social es porque esta supone una “contaminación de la individualidad” ya que precisamente las lactancias prolongadas potencian esta identidad dividual o relacional (la interrelación) tanto en la madre como en el hijo o hija. Ya sabemos que la lactancia se da a demanda y responde a una demanda, la del otro que no somos nosotras. ¿Qué puede haber más dividual? Cito a Ausona:

“La <<fusión con>> crearía <<con-fusión>>. Esta confusión se establece entre la frontera que separa las individualidades de la madre y del hijo/a, al establecerse una interdependencia e intercomunicación a partir de los cuerpos, y sobre todo, de sus fluidos, donde una parte del Otro pasa a Uno mismo y viceversa. Los discursos psicologizantes contra la lactancia: <<hace al niño dependiente>>, <<suple una carencia emocional de la madre>>, <<crea un malsano vínculo simbiótico>>, sería una presión social para separar lo que debe estar separado, el individuo, uno de los fundamentos y valores de la Modernidad. ”

Con teta o sin teta, de una forma o de otra, podemos ser madres o tener hijos. Podemos dejarnos “contaminar” por el Otro o no.

Personalmente, hasta que no he sido madre no he conseguido comprender porqué Núria Pérez de Lara decía en clase eso de que la mujer tiene la “capacidad de ser dos” que sería esa capacidad dividual. Ahora lo comprendo, después de 28 meses de lactancia y de enunciarme como madre he logrado comprender esta capacidad de ser dos.

La dividualidad no me asusta. Como dice Ausona “el pecho es compartir el ser” y creo que en ese compartir el ser que representa el ser madre reside una gran potencia. Potencia en mi intimidad, potencia como acción política y potencia como legado. ¡Bendita contaminación!

PD: Os invito fervientemente a conocer más a la autora de la fotografía. Una sugerencia para comenzar: Anastasia Chernyavsky, habla la protagonista de la foto censurada por Facebook.

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