¿Y cuándo piden ayuda? Yo lo hago así.

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Desde una crianza en el Movimiento Libre y la Actividad Autónoma, incidimos siempre en  evitar lo que llamamos dinámicas de dependencia sobre los nuevos movimientos y posiciones (enseñar a sentarse, andar, bajar escaleras, etc.) y las dinámicas de dependencia a través del juego (enseñar a jugar: torres, encajes, etc.).

¿Y cuándo piden ayuda?

Cuando hablamos de Autonomía, como ya hemos comentado en otras ocasiones, nos referimos a dar espacio para que se desarrolle la capacidad de autogobierno que reside en todos los seres humanos en general y en la infancia en particular. También decimos que no es lo mismo hacer las cosas solo (independencia) que hacerlas por uno mismo. La Autonomía no es excluyente de hacer las cosas en compañía o necesitar ayuda.

Aún no estableciendo este tipo de dinámicas es inevitable y completamente natural que a determinada edad empiece el “¿me ayudas?” (de muy distintas formas expresado). Evidentemente no dejaremos solos a nuestros hijos en este tipo de situaciones ya que son precisamente momentos de gran sensibilidad en los que necesitaran de una respuesta que los acompañe.

Ejemplo típico:

Niño de 29 meses que quiere ponerse por sí mismo esas bambas de velcro que tanto le gustan. Antes de empezar a colocárselas a sacado el velcro de lugar. Una vez puestas no consigue volver a meter las tiras de velcro en los ojales.

Acompañamiento y respuesta:

En primer lugar tendremos que darles tiempo para que realicen todo este proceso sin prisa ni interrupciones, nos quedaremos cerca en una postura relajada. Procuraremos tomar conciencia de nuestro cuerpo y su gestualidad, mirando de transmitir tranquilidad y espacio. Evitaremos posturas y gestos que indiquen prisa o inquietud.

Si el niño X no consigue pasar el velcro por el ojal puede ser que llegue un momento en el que nos pida ayuda (de forma más o menos verbalizada o de forma más o menos frustrada).

En este momento es importante no emitir ningún tipo de juicio, bufido, cara… ni un “ya te lo dije”… tampoco insistiremos ni le animaremos con un “tú puedes” ni nada parecido (otro día profundizamos en este punto). Seguramente ya le habrá echado rato y esfuerzo (en su medida, la suya). Si les damos espacio y tiempo, sin juicios ni refuerzos positivos ni negativos, de forma espontánea podrán ir midiendo su esfuerzo, conociendo así sus límites y sus posibilidades a medida que maduren y se desarrollen (hablo siempre de edades tempranas y en general). 

Simplemente diremos: Yo lo hago así.

El Yo lo hago así es indicador de un modo de hacer las cosas o proceder pero a su vez no cierra ninguna posibilidad de otros modos de hacer. Eso no solo preserva la capacidad creativa sino que se trabaja la relación desde la confianza en la capacidad del otro para encontrar sus propios modos igualmente válidos.

Por otro lado, el “no puedo” como pereza o incapacidad que tanto miedo nos da a los padres (y pedagogos), no el no puedo real, suele aparecer cuando hay una percepción de uno mismo como ser incapaz y dependiente. Por el contrario, desde el Movimiento Libre y la Actividad Autónoma se trabaja desde la confianza en la capacidad de la infancia y se promueve su emancipación.

Desde el Yo lo hago así el infante puede tomar conciencia de que existen muchas formas de hacer una misma cosa, lo que le proporcionará un conocimiento del mundo mucho más rico, confianza en sí mismo para encontrar los propios modos y una relación con el conocimiento y el aprendizaje que no se verá constantemente atravesada por las lógicas del atontamiento dónde siempre hay una verdad que se erige por encima de los demás modos de hacer y discurrir, y a la que solo una comunidad selecta de expertos parecen tener acceso.

El Yo lo hago así rompe con estos criterios de verdad y simplemente expone un modo entre otros modos, pudiendo a su vez establecer un diálogo con otros modos de hacer. Así,  el pensamiento nos pertenece a todos y no a una élite poseedora de una verdad que siempre está más allá de nuestras capacidades.

En la mayor parte de ocasiones lo más “importante” no es hacer las cosas de la “mejor forma”, ¿quién establece estos criterios?, sino que cada cuál encuentre su “mejor forma” para ese momento y/o situación. Cuando no existe una verdad por encima de las demás tampoco hay problema para empezar haciendo las cosas de un modo y acabar haciéndalas de otro o para una revisión constante de nuestros propios modos de hacer y discurrir.

El diálogo entre los distintos modos de hacer (personas) es siempre susceptible de convertirse en conocimiento (aprendizaje dialógico) y se da de forma mucho más fluida y sin bloqueos que el aprendizaje a través de un experto que siempre está por encima de nosotros marcando esa distancia (atontamiento).

Por lo tanto, esta forma de aprendizaje dialógico permite que nos situemos, dentro de las relaciones de enseñanza y aprendizaje, en una posición de igual a igual y no dentro de las lógicas de las relaciones de poder.

Mi hija, por ejemplo, cuándo necesita de este tipo de ayuda pregunta: ¿Cómo lo haces? Según a quién le pregunte (mamá, papá, abuela o los acompañantes del la “escoleta”, entre otros) obtendrá una respuesta muchas veces distinta y, estos distintos modos de hacer, no tendrán porqué entrar en conflicto los unos con los otros, ni con el modo que encuentre mi hija, ni con los modos posibles que pueda encontrar a lo largo de su vida, en los demás y en sí misa.

Emancipación, creatividad y aprendizaje dialógico. Ya veis, una frase tan sencilla y cuánta potencia reside en ella.

Os invito a ponerla en práctica y luego me contáis que tal os va 😉


 

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